Un poco más lejos, un poco más cerca: saliendo de las redes sociales

Las moscas me rodean en el garaje que me mantiene a la sombra de este sábado tranquilo, posándose sobre mí en su nervioso revoloteo. Salen disparadas de nuevo, enredadas entre sí y recorren el mantel de cuadros azules y blancos que cubre la mesa plegable.

Me siento de nuevo a escribir con una música instrumental tranquila, descubriendo a Brian Eno. Una pena que la lavadora que hay a unos metros añada un murmullo sordo de fondo que agradeceré que se pare en algún momento.

Esa es mi introducción para hoy. Me da igual no haber definido un concepto o palabra clave para darle mejor posicionamiento a la entrada. Haber omitido a propósito esta palabra mágica que los buscadores rastrearán en el primer párrafo y tenerte perdido en el tema de este pequeño texto que rompe con el silencio de los últimos meses.

En mi cabeza, en cambio, sí que tengo claro sobre qué voy a escribir. Me voy a dar de baja de Facebook. Abandono Tripadvisor. Me desconecté de Linkedin hace unos días. Hace mucho que dejé en blanco Google+ y desinstalé la aplicación en el móvil. Le doy vueltas a cerrar la cuenta de Twitter en desuso y a lo que quiero que sean mis visitas a las dos cuentas de Instagram que poseo.

¿Para qué quiero ahora todo eso? En su día, seguía las noticias de otra gente. Veía la utilidad de crear un CV virtual apoyado por mis amistades o compañeros de trabajo. Creía en la difusión de contenidos rápida y viral de las redes sociales y traté de impulsar mi blog con ellas.

Años después, apenas entro y actualizo mis cuentas. FB me sirve para crear contactos de la gente que conozco en viaje, aunque preferiría usar el correo electrónico. Los seguidores de mi blog son básicamente, mi madre, algunas amistades y puntuales amigos de éstas. Hay gente que para mi sorpresa llega a él con búsquedas en google sobre la autoestima o la sinceridad. O, lo que es mejor, conocen mi blog tecleando en el buscador la palabra “mandanga“.

Por supuesto, sigo escribiendo porque es algo que me gusta y aunque en un inicio quería llegar a más gente, voy asumiendo y entendiendo mis limitaciones y anhelos. Prefiero la acción de poner por escrito lo que pienso a hacer dinero con ello. O a tratar de influir en otros. O a ser reconocido y alabado por ello. Aunque eso siempre será algo que quede en el fondo, como ser humano que soy.

El porqué

Pero el punto importante de salir de estas redes sociales es evitar la contribución a un mundo que no me gusta en qué se ha convertido.

Por un lado, está lleno de falsa información. Gran parte de ella colocada ahí de forma totalmente inconsciente y otra un poco más peligrosamente dirigida a la manipulación de masas. Mezclada con ella, hay un montón de basura divertida-alienante. Para pasar el rato, para desconectar. Y si bien eso de desconectar me gusta y lo necesito de vez en cuando, como todo el mundo, prefiero hacerlo de otras formas, conservando cierto control sobre la situación. Porque, al igual que los videojuegos y aplicaciones de hoy en día, el contenido audiovisual colgado en FB o Youtube, está intencionalmente distribuido y ordenado para atrapar al consumidor, usando mecanismos emocionales y psicológicos bien conocidos y desarrollados por los expertos en los últimos cincuenta años.

Ese sistema de recompensas, de tareas infinitas a completar, de tenerlo todo, incluido el conocimiento, más rápido y más accesible. De la inmediatez y del éxito. De convertirnos en héroes y de realizar nuestros sueños. Promesa cada vez más repetida y siempre aplazada, mientras seguimos enganchados a la pantalla que va desarrollando ese ojo del gran hermano que observa nuestros movimientos, gustos e interacciones.

Así llego al otro motivo para salir de aquí. Ya me he cansado de que mi privacidad sea vulnerada y que se trafique con ella. Sobre todo esa segunda parte que conlleva un comercio de información del que cada vez estoy comprendiendo más y que me parece terroríficamente ligado a conocidas distopías de la ciencia ficción.

La guinda del pastel fue tal vez visionar el primer capítulo de la tercera temporada de Black Mirror. En él, se propone una posibilidad de uso de las redes sociales para modelar el comportamiento de sus ciudadanos. Cada persona tiene una puntuación que se evalúa en un complejo sistema de recompensas y castigos que limita sus acciones en la vida, así como las comodidades que tiene en ella.

Lo incómodo del asunto es que este sistema se está implementando por el gobierno chino, de una forma sorprendentemente fiel a lo que describe la serie.

Este sistema de evaluación interpersonal no está tan lejos de lo que ocurre en el mundo profesional hoy en día con las redes que todos usamos. Salvando la frontera ética, de la cual estamos cada vez más cerca y que se va desdibujando, ya está instalado en nuestra mente y lo hemos integrado bastante bien. Más likes o recomendaciones y puntuaciones positivas implican más visitas y clientes. Pero también conllevan que la gente solo muestre su mejor cara. Una permanente sonrisa forzada, como la de la protagonista del citado capítulo. Cuchara en la boca, apariencia pulcra-pastel y conversaciones totalmente superficiales y endulzadas hasta la saciedad, sin una muestra de emociones tachadas como negativas por las normas sociales.

Para mí, estamos ante una deshumanización. No es que los robots o las inteligencias artificiales vayan a destronarnos, aunque el poder que están ganando en la economía global y el análisis de los datos personales volcados cada día en internet es difícilmente cuestionable. Es que nosotros mismos nos estamos convirtiendo en ellos.

Mostramos lo que debemos mostrar y no hace falta que se nos prohíba explícitamente lo contrario. La falsa situación de libertad de expresión está siendo ecualizada por herramientas de opinión globalizadas socialmente. Somos, sin ser conscientes de ello, los policías morales de los demás. Le damos un me gusta a quién cuelga una foto de un paisaje bonito, a quien consigue un nuevo trabajo, a quien tiene una adorable mascota o un cuerpo esculpido a base de horas de gimnasio.

Por tanto, quien no puede permitirse ir a lugares paradisíacos, sigue en su trabajo de siempre (o sin él), tiene un chucho/gato de lo más normal, un cuerpo como el noventa por ciento de la población, con sus bonitos defectos a esconder, o simplemente no sabe hacer buenas fotos de cualquier cosa de la que presumir, está abocado al anonimato y a no ser valorado por las masas o su posible futuro contratante. Puede que eso no esté tan mal, después de todo.

Lo que pasa es que queremos reconocimiento. Vivir la vida que queremos. Sentir seguridad, una paz, gente que nos quiera, la realización vital y una interacción sana con otras personas.

Pues bien, para todo esto, no hacen falta las redes sociales. No son, ni de lejos, la respuesta, según lo veo yo.

Si nos relacionamos directamente, sin pantallas de por medio, si comunicamos sinceramente, si nos explicamos y pensamos lo que tenemos que pensar. Siendo críticos y a la vez, empatizando con el otro. Porque todos estamos en el mismo caldo de emociones, aunque no hayamos vivido exactamente las mismas cosas. Todos tenemos las mismas necesidades. Físicas y emocionales. Luego cada cual las satisface según sus creencias, su cultura, sus costumbres y formas de pensar. Pero la base es la misma.

Ya va siendo hora de que nos escuchemos, nos comprendamos, nos sintamos identificados. Nos demos cuenta de que somos los primeros responsables de nuestra emociones y de nuestra vida. Y de que hagamos algo con ello.

Por mi parte, estaré un poco más lejos y, al mismo tiempo, un poco más cerca. Todavía contactable, pero no tan presente en el cyberespacio.

No compartas este artículo, no hagas like, no te suscribas. Si te apetece, habla sobre ello con tu gente, cara a cara.

Y como dijo Gatis Kandis, si quieres seguirme, éstas son mis pintas por detrás.

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4 Respuestas

  1. Marcelo dice:

    No tengo FB, twiter ni nada de todo lo que hablas y muchas veces me siento fuera de lo que ocurre, el email sigue funcionando el wsp me satura, es lo que yo llevo dando vueltas que hacer con eso….lo que no me cansan con los buenos ratos y conversaciones alrededor de una taza de cafe o una cerveza con alguien con quien río y disfruto. Lastima que andeis tan lejos. Os sigo por aqui.
    Un abrazo.

  2. Mar Rovirosa dice:

    No puedo estar más de acuerdo contigo. Nos hemos metido en una vorágine de redes que nos enredan y nos degluten cada vez más, impidiendo tener las auténticas relaciones personales,cara a cara disfrutando de la conversación, intercambiando ideas, pensamientos y sentimientos verdaderos. Se empieza poco a poco consultando algo, apuntándote a otra y nos encontramos con esas terribles imágenes de grupos de gente juntas pero separadas con el móvil en la mano. Creyéndonos, como tontos, todo lo que nos dicen en los mensajes de wasap, que sin lugar a dudas tergiversan la información, y, como tu dices, enseñando sólo la parte buena y bonita de las cosas que nos suceden. ¿Dónde quedo el reunirte con un buen amigo y contarte todo, penas y alegrías, realidades? Parece que la misma competitividad nos empuja a presumir y provocar envidias, deshumanizándonos cada vez más. ¡Estoy de acuerdo contigo!
    Alguna vez vienen bien las tecnologías, cuando se tienen los seres queridos tan lejos. Ya me entiendes. Un brazo fuerte.

  3. Pablo dice:

    Yo tampoco tengo ningún tipo de red social y no puedo estar más de acuerdo contigo Miguel..debemos recuperar al ser humano ,el contacto ,el mirarnos a los ojos a,a abrazarnos y sentirnos a escucharnos y a aceptarnos tal y como somos…qué pena que no estéis cerca para poder vernos sentirnos tocarnos y abrazarnos..os queremos mucho Miguel
    Pablo y pili

  4. Respondo de una a los tres comentarios: me encantará volver a veros en persona y compartir uno de esos ratos sin tecnología de por medio. Grandes abrazos

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