El SAPA: La enfermedad de los milenials

Hoy hasta podría haber hecho yoga de lo temprano que he reaccionado a la alarma. Llevo bastantes días sin esa rutina y no va a ser hoy cuando la retome. He preferido sentarme a escribir tranquilo y tener quizá diez minutos más para mirar cosas en internet.

No dejes para mañana lo que puedes googlear hoy. Maldito espíritu de enganche a internet.

Le podría dar un nombre a esa necesidad de estar conectados, de tener toda la información al instante, de acumular la mayora cantidad de conocimientos, aunque sea de forma efímera. De interactuar, de no perderse ninguna noticia destacable. Ni de perderse ninguna de las tonterías virales del momento. De crearse una lista de recursos, una biblioteca de libros que nunca leeremos, de música que sólo escucharemos una vez o de películas que se van acumulando y llenando discos duros, y antiguamente, estuches repletos de cds.

La necesidad de interactuar y, sobre todo, de lograr que otros interactúen con uno mismo, que aprecien sus propias creaciones o descubrimientos, que aprecien sus propias creaciones o descubrimientos colgados en muros con scroll infinito. De lograr valoraciones positivas y de llegar así a terceros, que no conocemos, pero que tal vez merezca la pena conocer, aunque en la realidad ese día nunca llegue.

¿Tiene sentido todo esto, dicho así? Parece que cualquiera podría criticarlo y sin embargo, hasta cierta medida, la mayoría estamos o hemos estado ahí. Incluso de manera subconsciente. Es una especie de virus inoculado que aprovecha la que me pregunto si no es la debilidad de la época.

Porque esa necesidad de reconocimiento quizás no se ha manifestado nunca tan fuertemente como ahora.

Y me pregunto hasta qué punto ese virus no ha sido creado deliberadamente. No me acabo de creer que simplemente ha surgido de unas inocentes actualizaciones e inventos de herramientas complementarias de las redes sociales o de los mini-juegos en línea. Por lo que he oído, no tiene nada de inocente.

Pero, ¿por qué nos querría alguien enganchados a todo ello? Una explicación es que detrás de ello hay empresas que ofrecen un servicio, aparentemente gratuito, que debe ganar dinero de alguna forma. Y esa forma es manteniéndonos interactuando y volcando información, gustos, clicks, que luego venden a otras empresas. Grandes conglomerados que acumulan información y la analizan para poder modelar la conducta y la forma de pensar del ser humano en las redes. Y que finalmente usan esa información para vender mejor sus productos o crear otros nuevos adaptados a nuestras inclinaciones. O para vete tú a saber qué.

Esta explicación me convence bastante y parrece fundamentada, tras los escándalos de Facebook y otras grandes empresas que trafican con nuestra información privada.

Wokandapix, en Pixabay

Pero aún no he llegado a ese nombre, al de la adicción. Si lo tomo como un virus, como un “organismo”, esta vez psicológico-cibernético, creado por la tecnología y la sociedad actual, podría ser algo así como Síndrome Anulador del Pensamiento Adquirido (SAPA), emulando al absurdo y poco aclaratorio término que se le da al SIDA. No se define exactamente como una enfermedad, sino como un síndrome. Ni se explica su causa. Sólo se menciona que ha sido adquirido. Y luego que cada cual piense (o mal-piense) de qué manera se ha adquirido.

Afecta especialmente a esa generación nacida o desarrollada simultáneamente con los ordenadores, los smartphones e internet. Los llamados milenials, grupo al que según la catalogación, pertenezco. No está mal, de momento. Puede que se me ocurra alguno más otro día.

De momento, he escurrido toda la inspiración que tenía en estas líneas. Y sin nada más que sacarde esta anquilosada mente bloguera que, no obstante, mantiene su actividad escritora gracias a un diario personal de viaje, termino aquí esta breve reflexión. Y lo hago estrenando un nuevo gadget que quizá facilite mis nuevas incursiones en esta creación. Este blog que me acompaña desde hace un tiempo y al que pronto le voy a crear un hermanito.

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