Sempiterna fe humana

Acabo de escuchar dos secciones de Días Extraños, uno de los podcast que vengo escuchando en los últimos meses, mientras desayunaba y recogía la cocina de casa de mi prima. Y he empezado a divagar sobre cuestiones de fe.

Sigo viajando, como habrás podido deducir. Ahora mismo en Ottawa, la capital de Canadá, al este del país. Todavía tenemos cuerda para rato. Dentro de poco volveremos a América del sur. Pero no es momento para hablar de ello. Voy con algo un poco más trascendental.

Podcast que me dan para pensar

Regresando a mi desayuno radiofónico, en la primera de las secciones del segundo capítulo de la segunda temporada, Santi Camacho hablaba sobre geoingeniería y cómo las teorías conspiranoicas acerca de los chem-trails y demás, han tocado con mucho tino un realidad que está cobrando importancia a nivel global. Porque los mismos lobbies que hasta hace poco negaban con sus estudios privados la existencia de un cambio climático, ahora pretenden vender esas tecnologías como solución a ese “inexistente problema”, sin haber una información fiable y transparente sobre sus consecuencias a nivel ecológico.

El la segunda sección, Santi entrevista a una periodista que se ha infiltrado en grupos de Whatsapp creados por y para anoréxicas y bulímicas, entre otras, y ha escrito posteriormente un artículo sobre ello en la web Xataka, normalmente centrada en tecnología.

Menciono esto al escuchar el análisis que se hace en la entrevista y en otras anteriormente, sobre dichos problemas en los que caen sobre todo tantas chicas jóvenes. Porque considero que en esta sociedad se desconoce o se relativiza la importancia de los valores sociales y de atender a las necesidades emocionales.

Incluso en el caso de la psicología, he escuchado, leído y sido atendido por psicólogos que omitían dramáticamente este punto de vista, probablemente por una formación defectuosa o limitada al respecto.

Existen pulsiones o necesidades muy subjetivas que es preciso que sean reconocidas y escuchadas para que las personas puedan avanzar en su salud psicológica y emocional. Estas necesidades están siendo ignoradas por un cuerpo médico cada vez más tendente a la farmacología y a una estructura de rígidas etiquetas de nuevos síndromes y afecciones.

No niego las excepciones, ni le resto valor al esfuerzo por intentar comprender y explicar enfermedades y síntomas que hasta hace poco no se tenían en cuenta.

Pero siempre critico la velocidad con la que nos lanzamos a extinguir dichos síntomas sin atender a sus verdaderos orígenes y causas y sin confiar en el auto-regulamiento del propio cuerpo humano cuando se le permite trabajar con el subconsciente y a liberar emociones reprimidas y bloqueos.

Pixabay

Me enciende las alarmas, una vez más, lo mucho que le falta a esta civilización para conocerse a sí misma y para comprender, aunque sea un ápice de nuestro comportamiento.

Estoy seguro de que esto no pasa desapercibido para muchos profesionales, pero me preocupa el escaso poder que tienen para poder cambiar las cosas. Es como si las influencias sociales, económicas o de los medios de comunicación tiraran por tierra cualquier perspectiva de progreso.

Uniendo ambos temas: la fe de nuestros días

Hasta hace algunos cientos de años, esta influencia, esta manipulación, la podríamos haber considerado premeditada y desarrollada por las grandes religiones y grupos de poder, como una herramienta de control de la población. Ha sido estudiado por historiadores, sociólogos, teólogos, filósofos y antropólogos. No hace falta rebuscar mucho.

El control de las grandes iglesias, no obstante, se fue debilitando tras la era industrial. Más aún con la democratización del conocimiento y de la cultura y con el desarrollo de las nuevas tecnologías, que acercan más aún estos conocimientos a cualquier persona que haya aprendido a leer y que pueda acceder a tener un smartphone o un ordenador.

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Cambia, casi todo cambia

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Pero esos grupos que en su momento lideraban el mundo no han desaparecido. Se han transformado, han mutado y evolucionado con la sociedad. Y han desarrollado nuevos métodos y estrategias acordes con la nueva era. Ahora están también más camuflados y uno de sus mejores disfraces viene de la mano de esos avances tecnológicos que nos aportan conocimiento.

Porque cuando la información que una persona puede obtener en tan poco tiempo se hace tan grande, los contenidos tienden al infinito, así como a la inexactitud y a la falacia total.

Estamos mejor y peor informados que nunca y en muchos casos, es imposible discernir entre lo uno y lo otro. En cualquier campo, parece que sólo podemos confiar en el interlocutor y cultivar una nueva fe. La fe en el informador, sin importar si éste tiene un contrato con un foco de intereses económicos o políticos. Sin poder comprobar de verdad, por falta de conocimiento o de infraestructura o equipamiento, la validez de sus estudios, por muy científicos que se digan.

El ciudadano medio no tendrá acceso a todo ello y siempre llegará a un punto en el que si decide posicionarse en algún lugar, lo hará basado en una fe a un principio que no puede conocer personalmente.

Nuestra realidad siempre estará influenciada por nuestras creencias

El mundo se sigue basando en las creencias. Nuestros sentidos son limitados. Nuestra capacidad de discernimiento es limitada. Nuestra formación y medios no permiten conocer una verdad absoluta, si no pequeñas interpretaciones humanas y siempre sesgadas, cuando no manipuladas.

Si Nietzsche trató de enterrar a dios hace un siglo, no pudo alcanzar a una religión que ha mutado, que ha escapado de los templos de piedra para filtrarse en los templos de silicio.

Probablemente exista algo más grande que nosotros. Algo que haya estado involucrado en nuestra creación. Esa es mi creencia.

Pero ese Algo, si le concediera esas características humanas que tenía el antiguo dios de la Biblia católica o de la judía, se estaría llevando las manos a la cabeza, decepcionado de haber dado a luz a un ser tan estúpido que sigue tropezando con la misma piedra una y otra vez.

No sólo eso, si no que una vez que la piedra se mueve y se aparta de su camino, busca otra para enterrarla delante de su pie, para seguir tropezando eternamente, de camino a la tumba abierta a la que marcha sin remedio.

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Están por todas partes

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Como no creo que ese Algo sea tan simple y estúpido, probablemente se esté riendo, lleno de amor. Sabiendo que nada importa. O que las cosas son como tienen que ser. Una pena lo de la extinción.

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1 respuesta

  1. 30 diciembre, 2018

    […] independencia con respecto a las creencias. Como he venido desarrollando en otras entradas, ya sea acerca de la fe, de las máscaras y etiquetas, o de la cultura del miedo, dentro de esta temática por la que me ha […]

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