La creencia de la época y cómo liberarse de ella

Jesús zelote, la creación del catolicismo, la maraña de escepticismo actual y la consecuente inestabilidad de la creencia de la época. Analizando e hilando ilusiones para liberarme de ellas.

Hace poco estuve hojeando un libro que se llama “Historia del mundo contada para escépticos“, de Juan Eslava Galán. Me dio por hacerlo antes de irme a dormir y me quedé un buen rato enganchado. Al día siguiente salió el germen de esta entrada, tras haber medio digerido algunas propuestas de este autor.

No le interesan nada las convenciones y normas sociales para expresarse y escribir sobre historia. Dice estar más allá de ello, por edad y experiencia. También deja caer por aquí y por allá comentarios ciertamente sexistas.

A pesar de sus formas, el contenido me resultó interesante. Procuro, como siempre, tener en cuenta que lo que leo puede y suele estar plagado de teorías y suposiciones. Pero llegados al punto en el que tocó a Jesucristo, me resultó además desestabilizador e inquietante.

Los orígenes del cristianismo y la Iglesia católica

Según Juan y otros escritores que posteriormente me he encontrado por la red, Jesús fue un líder agitador de una rama violenta del judaísmo conocida como los zelotes.

Estaban preparando un golpe contra el gobierno romano, para liberar a Judea del control del imperio, cuando fueron capturados. Él, como uno de los protagonistas de la revuelta, fue colgado. Más tarde, sus seguidores y discípulos, y en particular Pablo, escribieron sobre su vida, decorándola como la de un hombre religioso y espiritual, que estaba en contra de la violencia.

Hubo ciertos intereses políticos y religiosos que influirían en separar la figura del Mesías de la nueva religión con la vertiente judía de los zelotes, pero no voy a entrar en detalle aquí. Si te interesa, hay muchas páginas en internet que ofrecen sus propias versiones del asunto, además del libro arriba mencionado.

La creencia de la época se tambalea

La creencia de la época se tambalea. Pixabay

Unos tres siglos después, el emperador Constantino, trató de unificar los restos del imperio romano, incluidas las diversas ramas del incipiente cristianismo que se había extendido por todos lados, sobre todo en las clases bajas. Lo hizo con la ayuda de las cabezas más poderosas de estas distintas sectas, al menos, con las que se encontraban de su lado.

Y ahí, en ese punto de inflexión, surgió la Iglesia Católica, la definición y establecimiento de una religión, un rito, una liturgia y una creencia. Jesús fue convertido en Dios encarnado y se sumaron conceptos místicos que bebían de tradiciones anteriores y paganas. Fechas como el solsticio de invierno para el nacimiento o conceptos como la muerte y resurrección al tercer día ya eran símbolos importantes en otros muchos cultos.

¿Quién no recuerda aquel documental de hace unos diez años, “Zeitgeist” (la creencia de la época), en el que se comparaban diversas mitologías coincidentes en tantos conceptos básicos de sus celebraciones y de la propia fe?

Esta nueva iglesia se ganó rápidamente a gran parte de la población, que se adhirió sin mucho problema a una ritualidad sencilla, con una promesa más allá de la vida mayor que otras antiguas religiones. La posibilidad de saltarse algunas reglas y pagar por el perdón convenció también a los más poderosos.

Y como se sabe bien, este nuevo gobierno religioso se cargó a muchos de los que no compartían credo y costumbres, entre guerras santas de cruzadas, expulsión de otras etnias o grupos religiosos minoritarios y una intolerancia generalizada. Además, se supo adaptar y evolucionar para seguir en el centro del poder europeo, al fusionarse más tarde con los reyes bárbaros que se apropiaron de los restos del decadente imperio romano.

La mayor parte de esta historia ya la había oído y puede ser verdad o no, aunque está bastante admitida y generalizada. Pero lo del Jesús zelote me deja un poco torcido, siendo que aunque yo no me considere católico, lo tenía como una figura espiritual que poco tiene que ver con la de un agitador revolucionario.

En todo caso, sí que le veía como crítico de regímenes opresivos, de algunas sectas judaicas, de la injusticia generalizada y el desnivel económico del pueblo con respecto a los gobernantes y las élites. Pero no a través de la violencia. Eso está justo en contra de la filosofía que nos han contado que él defendía.

Debilitando los pilares de toda creencia para continuar con el control de masas

Si es que no nos dejan creer en nada.

Tal vez ese sea el punto. A quien le quitas las creencias desmontando la base de todas ellas, o mostrando continuamente supuestas pruebas que niegan su veracidad, lo dejas debilitado.

Si no tiene en qué creer, si no puede definirse ni adherirse a ningún grupo o conjunto en el que apoyarse, el individuo pierde su fuerza para resistirse a la esclavitud. Acata la norma impuesta, desasosegado, deprimido y sin ninguna esperanza.

Y con ese estado de bajona, consume las drogas o el ocio que le sugieren, sumiéndose aún más en la desidia y la inactividad, desapareciendo de su mente la capacidad crítica y, como digo, la iniciativa para plantar cara o para seguir un camino diferente.

la creencia de la época excepticismo

Escépticos o incrédulos de todo. Pixabay

Bueno, puedo entrever dos salidas a esto, hablaré más abajo de esto. Por el momento, me centro de nuevo en las herramientas de control.

Desestructuración cultural e histórica, desarraigo. Investigaciones científicas, psicológicas, sociológicas que cambian de polo cada temporada para mantener nuestra mirada confusa en ese partido de tenis del zeitgeist, mainstream o creencia de la época.

Los que no se mantienen escépticos “como conviene” son ninguneados y el escepticismo no sirve, finalmente, si no para no creer en nada.

De esa forma, nos convertimos en ramas moribundas y resecas, sin raíz, que se mueven a la deriva de los acontecimientos y opiniones que nos imponen. Ramas quejumbrosas que saben que algo no va bien y que critican por costumbre, sin hacer pie para poder moverse y actuar al respecto. Porque tienen miedo. Miedo de no saber cuál puede ser el paso a dar. No parece haber una dirección en la que moverse. Todo es incorrecto o lo será en unos meses, como mucho en pocos años.

Supongo que a veces esas ramas forman islotes flotantes, cuando se juntan unas con otras. Se ponen de acuerdo en algo y aunque siguen arrastradas por la corriente, parece que forman grupos lo suficientemente grandes como para eventualmente, si se acercan a una orilla, poder engancharse allí.

En ese caso, si no fueran ramas completamente muertas, quizá podrían echar raíces en tierra firme, crecer y dar lugar a un árbol o arbusto que modificara la ribera. Una vegetación lo suficientemente abundante y fuerte que con el tiempo, pudiera incluso desviar el torrente del río. Todo puede ser. Incluso que el río se quedara sin agua debido a una gran sequía o a un evento climático importante. Es decir, acontecimientos externos al propio individuo que pueden trabajar a veces en su favor.

Entonces, tal vez pocas de esas plantas podrían sobrevivir, pero las que lo hicieran serían las que hubieran echado fuertes raíces.

Miguel, estás pisando terreno pantanoso

Me estoy dirigiendo a una apología de las creencias. O eso parece. No de las religiones. O no de las religiones con jerarquías que dictan lo que otros deben creer. Porque de nuevo entraríamos en la misma rueda.

Defiendo la individualidad y la comunidad a la vez. La toma de responsabilidad de cada persona y la consideración del las interrelaciones e interdependencias, la ayuda mutua, en pequeños grupos en los que no sea necesario una estructura vertical de mando. Mejor voy parando de especificar, no vaya a ser que alguien me tache de lo que no se debe ser.

la creencia de la época en comunidad

Comunidad. Pixabay

En cualquier caso, en esto radica una primera solución al problema. En saber ser crítico y escéptico con un criterio propio. Inamovible frente a la desinformación y a la vez flexible para seguir avanzando en el conocimiento de la verdad y no estancarse. O al menos en la parte de verdad que seamos capaces de procesar.

Eso es mantener la individualidad. No dejarse influenciar sin aplicar un concienzudo filtro, sin comparar, sin buscar informadores alternativos.

A la vez que se crea comunidad, juntándonos con otros que, como nosotros, mantengan una posición similar. Unidos por un cambio de paradigma, en el que cada cual aporta lo que mejor sabe hacer. En el que podamos diversificar esfuerzos.

Unos pueden dedicarse a desmentir bulos, otros a investigar lo que se nos oculta, unos terceros a difundir la información. Compartiendo todos unos valores positivos de paz, de acercamiento, de tolerancia, de diversidad, de mejorar lo actual, que no me parece tan difícil, visto el panorama.

Sin basarnos en el dualismo y el enfrentamiento. Evitar, por ejemplo, la violencia contra el sistema para sustituirla por iniciativas alternativas, que creen nuevas formas de hacer. Pasando tal vez por la desobediencia civil, pero no por la lucha revolucionaria, que no deja de encontrarse en el mundo de la violencia que apunta hacia la mutua destrucción. Y que ha demostrado no ser útil para el cambio positivo, en muchos aspectos.

Si esto no te convence, estás como yo…

La segunda salida que anunciaba, tal vez más importante, pero más difícil de realizar, desde el punto de partida en el que percibo al ser humano, sería la independencia con respecto a las creencias. Como he venido desarrollando en otras entradas, ya sea acerca de la fe, de las máscaras y etiquetas, o de la cultura del miedo, dentro de esta temática por la que me ha dado últimamente, las creencias son un constructo mental.

Si basamos nuestro ser, nuestra persona, en ellas, estamos de alguna manera encorsetando nuestra propia experiencia. Estamos separados de un estado de conciencia espiritual liberado, porque permanecemos en el mundo de lo racional.

No escuchamos el instinto del que hablan los guías que dicen conocer un estado de éxtasis, de conexión con el todo, de confianza en lo que quiera que sea el motivo por el que hemos sido alumbrados a este mundo material.

La experiencia de lo intangible, lo que no podemos ver y medir, lo que todavía dejamos para los místicos y personas espirituales – aunque podríamos llegar a pensar que todos somos espirituales -, es posiblemente otra vía para la liberación. Tal vez paralela y complementaria a un trabajo más mundano, más arraigado a lo mental y al mundo de las creencias.

Es posible que sea precisamente la única que nos haga trascender, más allá de ese zeitgeist que nos encadena y sentencia a una vida no vivida.

El grupo que busca una renovacion de la creencia de la época

El grupo que busca una renovación de la creencia de la época. Pixabay

Parece tan fácil

Por el momento, yo me siento igual de atrapado y coartado de lo que probablemente te sientas tú. Navegando en una creencia de la época cambiante, inestable, que nos mantiene en el miedo y la inactividad creativa o espiritual, sin un propósito claro ni una realización plena.

Leer, compartir opiniones e ideas, seguir buscando con la única herramienta que conocemos, nuestra mente, la psique, sumergida en el logos o conocimiento, que ha sido adquirido a través de ella, no me ha llevado más lejos. Tal vez sólo a saber que no sé nada. Y que el modo en el que intento saber algo, está resultado infructuoso, tras casi 38 años de vida.

Pero dicen que hay otras formas.

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